miércoles, 12 de febrero de 2014

Germán Aleph

Mis padres me llamaron Germán.
Me bautizaron en la misma iglesia en la que ellos se casaron, aunque no sé si por fe o por inercia porque yo nunca los vi rezar.
Sin embargo, yo acostumbraba a rezar muchas noches en mi niñez y recuerdo sentir en algunas ocasiones una presencia amorosa que me acompañaba en mis sueños.
Yo lo llamé "Dios".
Cuando fui creciendo busqué esa Presencia en la iglesia en la que fui bautizado pero no encontré más que hipocresía.
Este desengaño junto con mi necesidad de afecto y reconocimiento hizo de mi adolescencia un campo de batalla con la sociedad y una huída rebelde de esa iglesia y de sus reglas morales, dejando un hueco en mi corazón que se fue llenando de miedo y culpa.
La sombra del miedo que me acompañaba, empezó a distraerme de la luz de mi niñez y la distancia entre esa Presencia y mi personalidad fue creciendo a medida que fui abriéndome paso por la jungla de la vida hasta que desapareció totalmente.
No volví a saber nada más de Él hasta que descubrí la música. En ella encontré un camino hacia mi interior y una explosión de creatividad en la que Germán desaparecía junto con su mundo de problemas dando salida a mi expresión más íntima y reencontrándome con la confianza perdida.
Fue tan bello el paisaje musical que pronto se convirtió en mi retiro.
Entonces quise hacer del músico mi ídolo y de la música mi profesión y lo que hice fue cambiar mi libertad por una idea y convertirme en un mercenario que hizo de la música una forma de prostitución legal.
Con el paso de los años, mi espíritu de buscador le ganó el pulso a mi personalidad y fui abandonando las metas ambiciosas y cambiándolas por libros de autoayuda. Entonces volvi a creer en mí, aunque lo que experimentaba era una espiritualidad de biblioteca. Yo quería tomar las riendas de mi existencia y conocerme o reencontrarme. Me hice responsable de mi experiencia y abandoné por completo mi profesión de músico emprendiendo un viaje interior en busca de mi Verdad interna o por lo menos de ese sentimiento de unidad y coherencia que perdí.
Así fue como conocí a Aleph.
Se presentó como mi guía y hablaba con una voz que surgía de las profundidades de mi conciencia. Entonces volví a creer en "Dios". Pues no sabía como encajar aquella vivencia, aquella Presencia real que me envolvía y me acogía como un bebé colmándome de amor, de fortaleza y de comprensión.
Esa voz, la voz de mi corazón, fue guiando mi búsqueda por el camino de retorno hacia el Origen, dando respuesta a mis preguntas y enfrentándome cara a cara con los reflejos de mi falso yo, que me iba mostrando el espejo de la vida.
Al principio era una voz muy sutil y yo tenía que hacer peripecias meditativas para conectar con ella y escucharla, hasta que me advirtió que caminaría sólo durante algún tiempo y me dio algunos consejos y herramientas que me ayudarían a abrir la puerta de mi inocencia, ablandando las cortezas que cubrían mi corazón y desnudándolo para que el sol pudiera iluminarlo.
Al principio sentí la misma sensación de abandono de mi niñez así que me olvidé y bajé de las nubes para poner los pies en la tierra.
Entonces me encontré con la realidad de que había cambiado totalmente mi vida social y profesional y me vi envuelto en una nueva identidad de canalizador o sanador. En el lenguaje del Germán rebelde, me veía como un raro pero dejé de luchar contra mí mismo y me rendí ante la evidencia de la realidad que yo había elegido. Una realidad incomprensible, extraña y misteriosa pero la intuición me decía que ese era mi camino y que caminarlo era la gran aventura de mi vida. Así que me abracé a mi intuición como el náufrago se abraza a una tabla en medio del mar.
Al permitir que el sufrimiento aflorara, las lágrimas empaparon mi coraza y la vida me amasó dándole a mi ego palizas emocionales de vergüenza, culpa, sumisión, orgullo, celos, envidia, miedo. Entonces ese chico duro se volvió flexible y tierno. Cada vez quedaba menos que proteger, nadie a quien convencer ni impresionar, nada que perder y mucho por descubrir.
La vida me había situado entre el abismo de mi pasado y el desierto de mi personalidad egoísta, así que lo atravesé como pude.
Hubo compañeros de camino y manos amigas que me ofrecieron descanso en su oasis y agua fresca del pozo de su sabiduría. Pero el viaje continuaba y tenía que hacerlo sólo, así que crucé a nado el mar de mis lágrimas y llegué a una tierra de nadie. El reino del Ser. Una tierra que está entre el pensar y el sentir donde se respira libertad, donde la única necesidad que hay es la de amar y ser amado incondicionalmente, el lenguaje es la música viva, el trabajo es sembrar y compartir semillas de confianza, compasión y comprensión, la recompensa es la paz, la gratitud y la satisfacción de estar en casa, en mi pecho. En esta tierra de nadie, el misterio que Yo Soy se va desvelando momento a momento.
Ahora vivo caminando por la frontera entre lo desconocido y lo recordado, rindiéndome ante la realidad del momento presente y encontrando en la incertidumbre mi libertad creativa. Lo desconocido no tiene para mí ninguna garantía como tampoco tiene ninguna garantía el hecho de vivir una vida completamente planeada y en la que todo está bajo control. Vivir sin la carga de estar preparado para lo que va a venir, ha sido un verdadero regalo. Afrontar toda la vorágine de emociones sin integrar, creencias limitantes y demás ruidos que yo creía que eran parte de mí, ha limpiado el camino y ha dado paso a un sentimiento de desapego, de libertad, ausencia de juicios y amor hacia mí mismo que me permite descubrir cada vez más potenciales que antes no podía reconocer en mí.

Dejar de vivir de la música para vivir la música ha sido un reencuentro maravilloso pues la escucha de la canción cotidiana me hace tomar consciencia de la realidad y me permite ser el niño que siempre he sido.
En los espacios de esta gran sinfonía de la creación he forjado una gran amistad con el Silencio en el que escucho el sonido del Origen. Este sonido vuelve a revelarse desde las profundidades de mi alma y su eco resuena en mi corazón con el nombre de Aleph.
Esta voz se habla a sí misma y entonces comprendo que cada uno tiene un sonido único y que la voz del Origen habla en cada corazón con un sonido diferente y singular pero en perfecta armonía con todo lo que existe.
Porque somos células de un mismo cuerpo, gotas de un océano de amor, acordes de una sinfonía universal, músicos de una orquesta viva.
La Tierra es un mandala de corazones alados en libertad para expandirse y crear bellas melodías que resuenen en cada rincón del universo fundiéndose con la Música de las Esferas y con el profundo y eterno Silencio del gran corazón de la Madre Cósmica.
OM

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